Cuenta una alegoría judía que una vez un hombre muy rico fue a pedirle un consejo a un rabino.

El rabino lo acercó a la ventana, le hizo mirar y le preguntó: “¿”Qué ves?”.

El hombre le respondió: “Veo gente”.

El rabino lo llevó ante un espejo y le dijo: “Qué ves ahora”?

El rico le respondió: “Ahora me veo yo”.

El rabino le contestó: lo mismo en la ventana que en el espejo hay vidrio. Pero el vidrio del espejo tiene un poco de plata. Y cuando hay plata uno deja de ver a la gente y comienza a verse solo a sí mismo.

La alegoría me sirve para prevenirme de adorar al becerro de oro y del riesgo de que el dinero nos repliegue hacia nosotros mismos.

La alegoría se puede aplicar a la reflexión sobre un caso real: lo que el proyecto eurovegas, que se pretendía construir en Madrid, hubiera supuesto.

Los argumentos a favor incidían en el turismo que iba a atraer, los puestos de trabajo a crear y la dinamización económica que supondría.

Las voces críticas con el proyecto argumentaban que el mundo del juego “suele tener aparejado el fomento de la ludopatía, la difusión de las drogas, la presencia de la prostitución e incluso el tráfico de personas.”

Se oponían a favorecer prácticas que lleven a la degradación de la dignidad de las personas o las que aboquen a agredir su salud corporal y psicológica.

Y preguntaban, por ello, cuál era el precio humano a pagar.

¿Qué valoración moral merecía?

Absolutizar la racionalidad economicista conduce a que el criterio económico resulte prioritario y los criterios éticos queden subordinados a los intereses económicos.

Cuando eso ocurre se acaba mandando al cuarto oscuro a la ética y sus valores.

Me alegro, por ello, de que el proyecto eurovegas no prosperara.

Y deseo que casos como ese sirvan para reflexionar sobre los valores, normas y criterios que deben orientar al mundo de los negocios.

Alejandro Córdoba

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