Ya tenía escrita la columna cuando me entero de la renuncia de Benedicto XVI a la sede de Pedro.

El ‘panzer-Kardinal’ se retira pacíficamente a la oración en clausura; el conservador no conserva la costumbre eclesiástica de no renunciar.

Me sorprendo, admiro su humildad, lucidez y valentía y rezo para que Dios nos lo conserve muchos años y su Espíritu Santo ilumine al Cónclave que pronto elegirá sucesor.

El Papa no es el centro de la Iglesia, sino Jesucristo.

La Liturgia de la Iglesia sigue su curso y la Cuaresma ha venido, nadie sabe como ha sido.

El lema de Benedicto XVI para esta Cuaresma es ‘Creer en la caridad suscita caridad’.

Me recuerda a Unamuno, que animaba a los españoles espiritualmente dormidos a tener fe en la fe.

No son juegos de palabras.

A andar se aprende andando y a creer creyendo.

Creemos que creer es tener ideas y opiniones y no es eso, al menos en cristiano.

Somos hijos de la Modernidad y tenemos querencia subjetiva, pensamos y creemos pensar lo que nos da la gana y vivimos en el reino de la opinión, que no hace ciencia.

Es necesario contrastar esas opiniones con los hechos.

Jesucristo es el hecho principal.

La fe cristiana empieza por el encuentro personal con Él, sigue el impulso a imitarle y, como consecuencia de esa experiencia, surgen los mandamientos y la moral como algo natural.

No se es indiferente ante quien nos ama.

Y si somos amados, no machacamos al prójimo, no nos dejamos corromper, no pasamos sobres ni mentimos ante las cámaras.

Todo el mundo es bueno, gritó Rousseau y todos le creyeron. Pues no.

No hay más que mirar alrededor, o sea, dentro de uno mismo.

A la bondad solo se llega cuando se sabe uno amado.

Y para mantenerse en esa bondad más allá de la dulce infancia -no tan dulce, porque hay que ver lo crueles que son a veces los niños- es necesario conocer que somos amados y entrenarnos para amar.

El programa de entrenamiento que el todavía Papa propone es: ayunar de las falsas ideas y dogmas de nuestro tiempo, poniéndolos en duda; orar, quedar al alcance de Dios, en privado y en la Iglesia; desprenderse de bienestar, tiempo y dinero en favor del prójimo.

Camino penitencial, difícil y esforzado; cuesta abandonar la opinión, escuchar a Dios, ver al prójimo como un tú verdadero.

Antonio Matilla, sacerdote.
Consiliario General del Movimiento Scout Católico