Cuando cada día me sorprenden los medios de comunicación con un escándalo nuevo me surge la tentación de aferrarme a la genialidad de Groucho Marx “paren el mundo que me bajo”.

Pero si eso es imposible, ¿qué otra cosa puedo hacer?

Es evidente que algo no funciona. Muchas cosas no funcionan.

Y necesitamos rehacer nuestro mundo para convertirlo en un mundo mejor, porque el futuro de nuestros hijos depende de ello.

En ese contexto una ocurrencia de nuestros políticos ha sido que hay que educar a los niños, desde los 11 años, en temas fiscales.

¿Acaso creen que por dominar el lenguaje económico- fiscal van a dejar de ser defraudadadores?

Creo yo que para no defraudar no es necesario tener formación fiscal, sino moral.

Y si nuestros hijos adolecen de ésta última lo que aprenderán es a ser unos defraudadores más competentes.

Lo que quizás no aprendieron algunos políticos es que lo público es de todos.

Que proteger el bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad.

Y que el poder que les hemos dado no es para lucrarse sino para gestionar correctamente el bien común.

No voy a cometer el error de generalizar el desprecio de los políticos.

Estoy convencido de que hay entre ellos gente honrada con vocación de servicio público. Pero, lamentablemente, hay políticos despreciables.

Un Gobierno, una oposición y unas empresas, que se dicen serios, no pueden ser susceptibles de acusaciones de corrupción.

Porque el mero hecho de la sospecha y que sea factible, es nefasto.

Y no basta, por tanto, con que la élite política y empresarial no sea corrupta sino que también tiene que parecerlo.

El futuro mejor que quiero para mis hijas hace que sea indispensable una profunda regeneración política.

La solución pasa, por tanto, por una sociedad civil que reclame esa regeneración.

Pero para que esa solución sea efectiva no podemos conformarnos con exaltar nuestros derechos y eludir el cumplimiento de nuestras obligaciones.

Hace falta una sociedad civil que controla con un listón de exigencias alto.

Y eso solo será posible si tiene la autoridad moral para hacerlo.

Si se exige a sí misma los mismos estándares de conducta que reclama a sus gobernantes.

La educación es un pilar fundamental.

Pero, obviamente, un proyecto educativo más amplio que el de formar en fiscalidad.

La educación requerida es la que forma personas responsables.

Personas que conscientes de sus obligaciones asumen sus deberes y actúan conforme a los mismos (también los fiscales).

Personas que, como dice Santa Teresa “caminan hacia la perfección y hacia la excelencia”.

Y en palabras de Pedro Poveda son “excelentes en sabiduría, excelentes en virtud, excelentes en educación y que elevan cuanto tocan”.

Todo lo anterior requiere, también, que abandonemos la condición de meros espectadores de la política.

Que pasemos de preocuparnos a ocuparnos.

Que seamos protagonistas del futuro que queremos construir.

Alejandro Córdoba en Periodista Digital