El mundo se encuentra en un momento decisivo, en el que se modifica el peso relativo de los dos principales componentes del territorio, el campo y la ciudad. Siempre ha sido mucha más la población residente en el campo que la que vivía en las ciudades. Pero en estos años, en cualquier momento del presente año, o del próximo, será mayoría la población urbana y minoría la rural. De hecho, hoy viven en las ciudades más personas que el total de la población de la Tierra en 1967, hace tan sólo 42 años. Organizar adecuadamente las ciudades no es, por tanto, un tema menor, sino crítico.

¿Los ciudadanos podemos hacer de la ciudad un mejor lugar para vivir?
Desde luego que sí. Es más: sólo si los ciudadanos hacemos determinadas cosas, el entorno podrá ser más habitable. La cuestión es: ¿qué hacer, qué cosas? Porque si sabemos qué hacer, normalmente lo hacemos. Aunque resulte molesto y sea una carga, solemos hacer lo que creemos que tenemos que hacer.

En general, vistas las comunidades urbanas en su conjunto (es cierto que siempre hay gente que va por libre), somos extraordinariamente activos y responsables. Ahí estamos todos, por ejemplo, separando basuras o suprimiendo las bolsas de plástico, porque entendemos que está bien hacerlo.

Pero insisto en que la cuestión es saber qué hay que hacer, más allá de algunas acciones puntuales como las comentadas. Y eso ya no está tan claro. O dicho de otra forma: los que estamos fallando estrepitosamente somos los llamados expertos. La verdad, muchas veces pienso que somos expertos en chorradas, y que de lo que realmente importa no sabemos nada o casi nada.
¿Qué le falta a nuestras ciudades para ser verdaderos buenos lugares? ¿Qué le sobra?
Sentido. Les falta sentido y les sobra inversión y tamaño. Hay normas y reglas más que suficientes. Podría decirse que deberían ser más ecológicas, más sociales, más funcionales. Pero eso siempre se puede decir de cualquier cosa. Lo fundamental, repito, es que no sabemos elegir la dirección hacia donde apuntar. Nos gusta pensar que una ciudad más ecológica va a ser también más atractiva, más económica, más funcional y más social.

¿Por qué ha de ser así? ¿Qué nos permite pensar que una actuación decidida para promover el desarrollo económico va a ser también la más social? De hecho, demasiadas veces sucede lo contrario. Y ¿qué nos autoriza a creer que lo más ecológico va a ser lo más justo? Por eso tenemos que elegir. No hay soluciones perfectas. Lo que es bueno para la economía puede ser estrepitosamente feo. Y lo que es mejor para la imagen urbana, para la estética de la ciudad, puede ser nefasto para la economía.

Hay que elegir. Yo, por mi parte, lo tengo claro: creo que debemos centrarnos en un urbanismo social, que busque la justicia social aunque fuera perjudicial para todo lo demás. Aunque sea menos estético, menos rentable e incluso menos sostenible. Hay que elegir, porque todas las bondades no tienen por qué darse juntas.
¿Realmente nuestra ciudades favorecen la convivencia?
Este es un tema problemático. Hay algunos que dicen que sí: el sistema político vigente en nuestras ciudades nos garantiza, más o menos, la presencia de ciertos equipamientos en las proximidades (escuelas, centros deportivos o de salud, etc.), una movilidad en transporte público suficiente, un desarrollo cultural creciente, etc. Todo es mejorable, desde luego; pero las cosas parecen avanzar en esa línea. (Eso sí: estamos hablando de las ciudades ricas, no lo olvidemos. Las ciudades del Tercer Mundo no tienen nada que ver con todo esto).

Desde otro punto de vista suele decirse que no, que nuestras ciudades impulsan el retraimiento hacia lo privado y endurecen las fronteras con lo público. Yo creo que ambas visiones son aceptables. Pero insuficientes. En mi opinión es necesario llamar la atención sobre un hecho clave: se ordenan las ciudades para las mayorías.

Y sin embargo los derechos humanos son de todas las personas, no sólo de las mayorías. Y así, por ejemplo, hemos hablado del interés que tiene contar con un buen transporte público, pero hay gente que no puede hacer uso de él, bien por sus condiciones físicas (algunos ancianos a los que les cuesta incluso caminar) o bien porque ni siquiera cuentan con esos céntimos que pueda costar el viaje. Sin embargo tienen tanto derecho a la movilidad como cualquiera.

Lo que exige pensar la movilidad no sólo en función de la mayoría, sino también en función del último ciudadano. O dicho de otra forma: lo fundamental, antes que el transporte público, es el sistema peatonal, que favorece el modo de moverse más equitativo. Ahí es donde nos jugamos la convivencia; en ese tipo de cosas. Y algo semejante puede decirse del resto de temas urbanísticos (la vivienda, los equipamientos, la dotación de agua o electricidad, lo s espacios de encuentro, los parques, la protección del patrimonio, la seguridad, etc.). Todo debería pensarse a partir del último ciudadano.

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