Yo también, como Benedicto XVI, me he apuntado a Twiter, aunque no sé si llegaré a pájaros nuevos, porque ni me organizo el tiempo tan bien como él, ni tengo tantos eficientes colaboradores.

Ya iremos viendo en qué medida él es capaz de sintetizar todo su pensamiento en ciento cuarenta caracteres o de estimular a que otros lo hagan.

Las nuevas tecnologías, como las antiguas, amplifican nuestros sentidos, pero como el bien y el mal brotan del corazón del hombre, beneficios y peligros se multiplican ahora exponencialmente.

Crece también nuestra responsabilidad.

Nuestra libertad goza de mejores asideros, a la par que debe vigilar nuevas y más poderosas cadenas.

Para potenciar unos y minimizar otros, nada mejor que una conciencia bien formada, una voluntad bien entrenada y un sentimiento discernido.

Las nuevas tecnologías han estado al servicio de los fautores de la crisis financiera y han batallado en primera línea para crear la burbuja de un modelo económico y social que se ha revelado, en gran medida, ineficaz, injusto e inhumano.

‘Estos son los bueyes que tenemos…’, decían nuestros antiguos y con esta animalada hipertecnológica es con la que el Papa, en su Mensaje para la próxima Jornada Mundial de la Paz que se celebró el 1 de enero de 2013 con el lema ‘Bienaventurados los que trabajan por la paz’, intenta difundir a los cuatro vientos, o sea, a los cuatro compartimentos del corazón y de la conciencia de los hombres y mujeres contemporáneos –‘esto no es un trabajo confesional’, advierte-, un camino posible para la paz.

‘Un desarrollo sostenible, auténticamente humano, necesita del principio de gratuidad como manifestación de la fraternidad y de la lógica del don’.

Llama también la atención el Papa sobre la crisis alimentaria, mucho más grave que la financiera.

Así como el Rey, en el Mensaje de Nochebuena insistió, como casi todos los políticos españoles, en el interés general -media estadística de la opinión pública- Benedicto XVI pone al bien común como uno de los puntos de referencia para educar para la paz, como un conjunto de relaciones interpersonales e institucionales positivas al servicio del crecimiento integral de los individuos y los grupos.

En fin, me temo que estas consideraciones –que no son dogma de fe- no tendrán la relevancia mediática de la mula y el buey.

Así nos va.

Antonio Matilla, sacerdote.
Consiliario General del Movimiento Scout Católico