Me han pedido que escriba los motivos por los que envío a mis hijas a un campamento scout, en lugar de a otro tipo de actividad; pero no resultan muy fáciles de explicar motivos no tangibles.

Cuando se aproxima el verano, comienzo a oír comentar a conocidos y compañeros de trabajo que están buscando campamento para sus hijos, se intercambian información sobre ellos, que consiste, sobre todo, en la comodidad y lujo de las instalaciones: agua caliente, lavandería, personal de limpieza, además de comentar qué tipo de colchón hay en las camas, también valoran la posibilidad de elegir distintos menús…vamos, a años luz de lo que yo conozco.

Para estas personas no es fácil comprender por qué existen algunos locos como yo, que insisten año tras año en enviar a sus hijos todos los veranos a dormir en el suelo, comer sentados en un palo que ellos mismos han tenido que clavar, comer un menú sencillo y único -cocinado por gente inexperta- y lavarse con cubos de agua del río a una temperatura ambiente que suele estar por debajo del umbral de la confortabilidad.

Sin embargo, son precisamente estas cosas las que me animan a enviar a mis hijas a disfrutar y enriquecerse en las condiciones más elementales de vida, donde todo lo que en casa consideramos necesario, comprobamos que es superfluo, dónde lo único realmente imprescindible es el trabajo en equipo y la ayuda mutua.

Mis hijas, como todos los niños y adolescentes de este siglo, tienen una compulsiva adicción a los aparatos electrónicos, van por la calle con el auricular del “manos libres” del móvil en una oreja y el del “MP3” en la otra; con cables colgando de sus cabezas como si fueran un robot sin terminar, y continúan con ellos puestos mientras chatean en Internet o juegan con la videoconsola.

¿Por qué renuncian a todo ello durante quince días?

¿Por qué pudiendo elegir asistir a otro en el que no les obligan a comer lo que toca ese día, ni a fregar cacharros o hacer construcciones, prefieren el de los scouts?

El ambiente que se respira de camaradería, de apoyo, de tolerancia, no es comparable con el de otro sitio en el que no existan las mismas condiciones y necesidades.

Es milagroso ver cómo el más egoísta en su casa es capaz de compartir media salchicha sin que nadie se lo pida, cuando la cena se ha quedado corta.

El concepto de propiedad privada cambia, siempre puedes encontrar quien te preste una camiseta, aunque sea siete tallas más pequeña y su propietario tenga el pleno convencimiento de que se la devolverán del tamaño de un poncho militar.

Poder presenciar de qué manera el niño que está más acostumbrado a pelear a muerte con sus hermanos por la posesión de un silbato chupado que hace tiempo extravió la bolita capaz de hacerle sonar, puede prestar su única linterna en una noche cerrada, o compartir cuchara y escudilla con alguien que acaba de conocer en ese mismo campamento, aunque no sea de su unidad, es algo que alucinaría a casi todos los padres.

Cuando los niños regresan de un campamento así, traen consigo experiencias que no podrían vivir en otro lugar y el recuerdo de unas vivencias que les acompañarán toda la vida, amigos en los que podrán confiar aunque pasen años sin verse y un enriquecimiento personal, que, sin ninguna duda, estará configurando su carácter.

Las actividades que realizan, no son únicamente de entretenimiento, sino que están pensadas por personas que conocen a los chavales personalmente y la relación que mantienen con su grupo, con su unidad o patrulla; están destinadas a mejorar sus puntos débiles y a potenciar sus virtudes, anteponen el progreso personal a la competitividad a la que estamos acostumbrados.

Y es que la mejor superación es la de uno mismo, y no a los compañeros.

Cualquier niño con baja autoestima, volverá de un campamento con una sensación de superación, porque le han hecho sentir necesario para los demás, ha colaborado en las construcciones de las que todos se han beneficiado y ha sido capaz de valerse por sí mismo en unas condiciones a las que no estaba acostumbrado lejos de su familia.

No creo que en ningún otro tipo de campamento, donde los monitores conocen a los chavales cuando suben al autocar, pueda trabajarse la educación con tanta eficacia.

Yo hasta ahora no he encontrado ninguno ni mejor ni parecido, por lo que no puedo más que defender los campamentos scouts frente a cualquier otro.

Vía Argizai Eskaut Taldea