Había una vez un par de ranas.

Eran intrépidas, aventureras, juguetonas, curiosas y siempre con ganas de aprender y descubrir nuevos lugares.

(No lo sabían, pero tenían ADN scout).

Un día, en una de sus expediciones llegaron a la cocina de una casa.

Estaban muy asombradas, era como si se encontrasen en lo que para nosotros sería un parque de atracciones.

Empezaron, con brincos, a investigar el sitio en el que se encontraban.

Hasta que, sin haberlo planeado, uno de sus saltos las llevó dentro de un profundo pote lleno de nata líquida.

Era tan profundo el pote, que con sus cortas patitas no alcanzaban tocar el fondo sin quedar cubiertas por la nata líquida.

Así que no les quedó otro remedio que no parar de mover sus cuatro patas, como si estuvieran nadando, para no hundirse.

Y así pasaron horas y horas, moviendo las patas sin cesar.

Horas y horas…

Horas y horas…

Hasta que una de las ranas, agotada, dijo:

“Me estoy cansando inútilmente, estoy agotada.

Yo dejo de mover mis patitas, no quiero sufrir más en vano”.

Y así hizo, dejó de mover sus patas y la rana cayó al fondo del pote.

La otra rana, en cambio, no se rindió y siguió moviendo sus patas.

Durante más horas y horas, movía sus patas sin cesar y cada vez más rápido, como si de una batedora se tratara…

Y a base de tanto movimiento y, sobre todo, de tanta insistencia, sin esperárselo, ¡la rana consiguió montar la nata!

Lo que antes era nata líquida, se convirtió en nata montada, casi sólida, lo cual le permitió apoyar sus patas en ella y pegar un salto que la llevó fuera del pote.

Así, gracias a su paciencia y persistencia logró salvar su vida inesperadamente.